La hora de los jóvenes: soberanía, inclusión y compromiso con México

Pertenecemos a una generación que creció escuchando que México debía acostumbrarse a obedecer. Durante décadas se nos dijo que las decisiones importantes se tomaban fuera de nuestras fronteras, que el desarrollo dependía de la aprobación de intereses externos y que la política era un espacio reservado para unos cuantos.

Hoy la realidad es distinta.

México vive una etapa de transformación en la que ha recuperado un principio fundamental de toda nación libre: la capacidad de decidir su propio destino. La soberanía no es una consigna; es la facultad de un pueblo para definir su rumbo, proteger sus recursos, fortalecer sus instituciones y construir su futuro sin presiones ajenas a su voluntad democrática.

En un contexto internacional cada vez más complejo, la defensa de la soberanía exige algo más que discursos. Exige ciudadanos informados, instituciones fuertes y una juventud dispuesta a participar. También exige resistir las nuevas formas de influencia que buscan moldear la opinión pública desde centros de poder económico, mediático o tecnológico que, muchas veces, no responden a los intereses nacionales.

Las redes sociales y los medios de comunicación son herramientas extraordinarias para la libertad de expresión, pero también pueden convertirse en espacios donde se difunden campañas de desinformación, ataques coordinados y narrativas diseñadas para influir en la percepción colectiva. Frente a ello, los jóvenes tenemos la responsabilidad de actuar con convicción, pensamiento crítico y valentía. No debemos permitir que el miedo a la difamación, a los ataques digitales o a la presión de grupos de interés nos aleje de la participación pública.

La historia demuestra que los grandes cambios nunca han sido impulsados por quienes eligieron el silencio. Desde la Independencia hasta la Reforma y la Revolución Mexicana, cada generación enfrentó desafíos propios en la defensa de la dignidad nacional y la ampliación de derechos. Nuestro tiempo no es la excepción.

Por ello considero que la Cuarta Transformación representa, para millones de mexicanos, la continuidad de una larga tradición histórica: la búsqueda de un país más justo, más incluyente y más soberano. Más allá de las diferencias políticas legítimas, el objetivo debe ser siempre fortalecer la capacidad del Estado para servir a su pueblo y ampliar las oportunidades para quienes durante años fueron excluidos.

Este momento histórico también tiene una dimensión profundamente simbólica. Por primera vez en la historia de México, una mujer, la Dra. Claudia Sheinbaum Pardo, encabeza la Presidencia de la República; y por primera vez en la historia de Veracruz, una mujer, la Ing. Norma Rocío Nahle García, gobierna nuestro estado. Estos hechos representan un avance significativo en la vida democrática del país y reflejan décadas de lucha por una participación más amplia e igualitaria en los espacios de decisión.

Para quienes compartimos los principios de la transformación nacional, es un honor respaldar con convicción a las primeras mujeres Presidenta de México y Gobernadora de Veracruz. En política, las definiciones importan, pero los hechos hablan más fuerte que las palabras y trascienden cualquier ataque o descalificación. Los resultados, las políticas públicas y la cercanía con el pueblo son los elementos que finalmente juzga la historia.

Hace unos días tuve la oportunidad de asistir a una actividad relacionada con el programa Jóvenes Construyendo el Futuro. Ahí conocí a Lupita, una joven con síndrome de Down que hoy se capacita y trabaja en una estética gracias a las oportunidades que le ha brindado este programa. Su historia confirma algo fundamental: las políticas públicas adquieren verdadero significado cuando transforman vidas concretas.

Más allá de cifras y estadísticas, Jóvenes Construyendo el Futuro ha buscado abrir oportunidades para miles de jóvenes que históricamente encontraron barreras para incorporarse al ámbito productivo. Ver a Lupita desarrollarse con dignidad, autonomía y esperanza es una muestra de que la inclusión no debe quedarse en el discurso; debe traducirse en acciones concretas que permitan a cada persona desplegar su talento y construir un proyecto de vida.

Como joven de Coatzacoalcos, una región estratégica para el desarrollo energético, industrial y logístico del país, estoy convencido de que nuestra generación no puede limitarse a observar. Nos corresponde participar, debatir, proponer y asumir responsabilidades. El futuro de México no será definido únicamente por quienes ocupan cargos públicos, sino también por los ciudadanos que decidan involucrarse en las causas de su tiempo.

La política debe entenderse como una herramienta para construir soluciones y ampliar derechos, no como un espacio para el privilegio. Y los jóvenes debemos asumir ese desafío con responsabilidad, preparación y amor por nuestra patria.

Porque al final, la historia recuerda a las generaciones no por las críticas que recibieron, sino por las causas que decidieron defender. Nuestra generación tiene la responsabilidad de fortalecer la soberanía nacional, ampliar derechos, consolidar la justicia social y construir un México más libre, más incluyente y más próspero.

Esa es la tarea de nuestro tiempo. Y también el privilegio de participar en una etapa histórica que será recordada por haber abierto paso a nuevas generaciones y por haber llevado, por primera vez, a mujeres al más alto liderazgo de la nación y de Veracruz.

La lucha sigue. Ni un paso atrás.

Por Isaac Férez Esparza

 

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